21 de junio de 2013

EL EFECTO LUIS

Una llamada me ha sacado una sonrisa y me ha hecho acordarme del “efecto Luis”. Seguro que lo habeis sufrido alguna vez: Un amigo con una relación aparentemente perfecta que cuando te ve te restriega su felicidad y te da mil motivos para autojustificar su maravillosa vida de pareja y autoconvercerse de lo acertada que ha sido la elección de su conyuge. Posteriormente en mitad de una noche, con varias copas azuzándole las ganas, a ese defensor de la monogamia le da por hacer una de las siguientes cosas (o todas a la vez); entrarle a todo lo que se mueve, renegar de su vida y/o envidiar tu libertad. Los paladines de la vida marital venidos abajo por obra y gracia del alcohol. Personalmente no me extraña demasiado, porque la mayoría de las relaciones que conozco las llevan monguers conformistas, presionados por el paso del tiempo que un buen día conocen a alguien y se dicen: "bueno aquí me planto con este personaje, ya no creo que aparezca lo que yo quiero". Creo que son pocos los que sientan eso de “estoy seguro de que esta es la persona ideal para mi, la persona de mi vida, no quiero otra”. Es curioso como es la gente: la peña se jacta sin pudor de todo lo que se informó y lo documentó para comprar su coche, lo acertado que estuvieron al pillar una oferta de viaje, lo meditado y ponderado de su cesta de la compra o de como al menor síntoma de problema, removieron cielo y tierra en atención al cliente para que les devolvieran un móvil nuevo. Pero a la hora de escoger una pareja, toda esa jauría de mermados, prudentes en las cosas más triviales y reemplazables de la vida, se convierten en seres irreflexivos que compran al peso al grito de: no, si da igual, esta misma!! e inician una relación. Pues a joderse. Lo habitual es que con esos pilares lo que acabes teniendo es una puta dictadura escondida bajo cenas románticas y tardes de sofá y mantita, y antes de que te des cuenta te habrás cargado de obligaciones y habrás perdido derechos que considerabas básicos. Esa es la traición más temida: la que tú mismo puedas cometer sin saberlo. Así es como se infiltran la rutina y la inercia, los verdaderos sustentos de la mayoría de las relaciones, el pegamento que impide que se vayan al garete. Lo malo de la inercia es que tiende a ir cuesta abajo, que es peligrosa si no se la detiene. Con la rutina pasa lo mismo, la rutina es tan cómoda que ser preso de ella es una tendencia natural. Si no lo has visto venir te mereces una muerte lenta como la de una langosta que no se da cuenta de que el agua se va calentando. Yo estoy solo porque hasta ahora no he encontrado alguien a cuyo lado quiera vivir toda mi vida ( y si lo he hecho lo he perdido, pero esa es otra historia). No sé si la encontraré de nuevo, pero soy consciente que a medida que se cumplen años las probabilidades disminuyen. Dicho lo cual no tendré derecho a lloriquear si por haber puesto un listón, me he quedado para vestir santos: es un riesgo que asumo y acepto. De la misma manera que aquel que se empareje por conformismo deberá apechugar con su cobardía y su vida de mierda por refugiarse en la mediocridad sin aspirar a algo mejor. Por que la mayoría de la veces la historia es la misma: compromiso significa aburrimiento a largo plazo, y un día empiezan a golpearte de nuevo las ganas de cambiar, las ganas de sentir emociones, porque la vida se vuelve tan plana, tan lineal, tan predecible en muchos aspectos que sientes ganas de volar, de mandarlo todo al cuerno, de escapar. Se echan de menos los tonteos de fin de semana, se echan de menos los polvos superficiales pero emocionantes, se echa de menos meter la pata con alguien y justificarlo con tus colegas, se echa de menos encoñarte con la peor chica del mundo, se echa de menos que te seduzcan y te abandonen como una puta colilla. porque si, aunque todo eso sea una mierda, se echa de menos ser libre. Por que una de dos, o quieres ser libre o no lo quieres. En este caso correrás tu solito a ponerte los grilletes, que aunque sean de oro y lujosos como una pulsera de Bulgari van a apretarte lo mismo. Pero si eres del primer grupo, ninguna presión social, ningún miedo al futuro, ningúna iletrada con coño va a convencerte de que te encadenes. Vas a navegar por la vida en una vieja patera que hace aguas, con la madera podrida y desencajada. Pero sólo tú decides hacia donde poner la proa. Y cuando al atardecer la brisa refresque tu rostro y te cruces con un lujoso yate lleno de gentes de mirada opaca conducidos por la voluntad de otros, sólo podrás sentir una profunda compasión por ellos.

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