Agosto, Madrid. Una ambulancia pasa a mi lado atravesándome con su sirena y sus luces parpadeantes. Gracias a eso despierto de mi letargo, descubriendo que estoy parado en medio de una acera justo frente al escaparate de una tienda de objetos de diseño de los 80 de Malasaña. En una mano sostengo una bolsa con antidiarreicos y en la otra un cigarrillo terminal me calienta los dedos. No sabría decir exactamente el tiempo que llevo ahí detenido. Me pregunto en qué momento dejé de saber la diferencia entre avanzar y quedarse quieto.
Me da la impresión de que la gente a mi alrededor camina. Todos parecen tener que ir a algún sitio. Coloco un pie delante y luego el otro, doy un paso, otro paso. Ya estoy caminando de nuevo, pero no distingo bien en que se diferencia esto de lo anterior. Puede que siga detenido en medio de la acera y el movimiento sea simplemente una percepción subjetiva, otro engaño de mis sentidos. Sin embargo me parece que camino con la misma solvencia y soltura que los demás. Así que actuo como siempre y hago como que sigo la corriente.
Somos pocos las personas blancas que nos cruzamos en Malasaña. Árabes de andares felinos y mirada pausada, japoneses mirando mapas. Hay un turista en cada esquina de esta ciudad. Resulta difícil oír hablar en un español neutro que no sea este rítmico acento de colores sudamericanos. Los madrileños parecen haber huido del verano en la gran ciudad hacia las playas. Mi único pensamiento es que la hamburguesa de esta noche en el aeropuerto va a ser la última cosa que me coma que haya tenido padre y madre en el próximo mes porque en menos de 5 horas yo también partiré hacia esa India y ese Nepal donde tengo la sensación que caben todos los veranos, a tomarme esas vacaciones de mi que tanto necesito. Si, realmente necesito salir, varios meses encerrado en este país han sido demasiados. Necesito que las conversaciones sobre la crisis se conviertan en algo anecdótico, y que la rutina pase a ser algo lejano. Y lo necesito ya. Estaba al límite del KO, un pelín antes de que mi entrenador arrojase la toalla. Supongo que me hago mayor porque no hace tanto tiempo que lo único necesario para ir tirando era un paquete de Marlboro, un amigo a mi lado y algún buen monumento de mirada dulce que admirar al final de la barra.
También pienso que este éxodo de gente hacia la costa no puede pasar en la vieja, rica y civilizada Europa. Porqué, como todo el mundo sabe, la playa se encuentra bajo los adoquines de París...
24 de agosto de 2012
13 de agosto de 2012
SINDROME PREVACACIONAL
Salgo fatigado del curro, más a nivel anímico que físico, cansado como casi siempre que el trabajo no te lleva a ningún sitio, no te aporta nada. La lavadora centrifugante de mi cabeza sigue dando vueltas agitando mi ánimo y no puedo ni susurrar algo medio decente.
Recuerdo mi nuevo mp3 y me pongo a escuchar cosas conocidas y tristes. Solo le pido a Dios que la batería no se agote y pueda devolverme a casa en algún momento por determinar. Y es que últimamente no me encuentro demasiado bien, la verdad. Tampoco es que tenga una depresión bestial ni nada de eso. Sencillamente estoy algo triste. Triste normal, triste de andar por casa. En plan no me cojo el teléfono ni a mí mismo y a ratos me río y bebo y todo eso.
Vale que todo anda francamente. Vale que una chica me ha dicho que le parezco un tipo majo. Vale que el otro día estuvo bien... y el otro y el otro... pero eso, que no me encuentro. La chica morena me dice que no me tome las cosas demasiado en serio, le respondo que tal vez sea demasiado tarde para caminar de puntillas. Cierto, a veces adopto el papel de un hipocondríaco moderado para animar ciertas reuniones sociales en las que ya me estaba quedando sin argumentos, sin chistes por hacer, y sin ganas de pedirle a la chica de turno el teléfono al que nunca llamaré. Pero no es el caso.
Para que os hagais una idea he llegado a comprar el periódico en Salamanca y terminar leyéndolo en León. Todo ello motivado por unas decisiones precipitadas, planes confusos y llamadas al límite. Motivado, fundamentalmente, por una resaca melancólica que hizo que me fumase mis días libres en busca de darle un abrazo a un amigo verdadero.
Así que ultimamente he decidido aparentar ser un tipo normal: madrugar, fingir que me intereso por cosas pueriles, llevar unos horarios convencionales, escuchar a mi conciencia. El resultado es que he comprobado que en general, las personas tienden a no tomarte demasiado en serio a medida que uno intenta todo lo contrario.
Basta que hables de verdad con la gente, o que rías a carcajadas cuando el chiste ha sido tan oportuno como acertado. Basta que camines, taciturno y herido, cuando tus huesos no encuentran sus propias articulaciones. Basta que mandes un whatsapp a esa chica simplemente porque quieres seguir teniendo contacto con ella, o que no confundas la miseria con los miserables. Basta, efectivamente, que te comportes realmente como debes a tenor de las realidades del día a día, para que la gente crea que no vas en serio.
Si antes fingía y ahora no, cómo es posible que nadie note la diferencia?
Puede que antes tampoco estuviera fingiendo y que mi conciencia no la haya inventado hace poco. Puede que siempre estuviera ahí mismo, agazapada debajo de la almohada dirigiéndome en secreto desde algún sótano mal iluminado y aunque yo no la quiera y trate de arrojarla por la borda, me veo obligado a aceptarla como amiga de por vida.. .Puede que ahora siga haciendo lo mismo que antes, aunque algunas cosas parezcan nuevas.
Puede que lo único que haya sucedido es que me he dado cuenta de que a estas alturas, difícilmente puedo cambiar.
Puede, me digo, que sencillamente me haya convertido en un pobre gilipollas incapaz de entender lo que sucede a su alrededor. Incapaz de aceptar los sucios atajos sociales que nos lleven a ese sitio maravilloso donde alguien nos espera, seguramente, porque sí cogió ese atajo antes que tú.
Luego llego a casa, publico algo como esto y soy yo el que agota la bateria.
Recuerdo mi nuevo mp3 y me pongo a escuchar cosas conocidas y tristes. Solo le pido a Dios que la batería no se agote y pueda devolverme a casa en algún momento por determinar. Y es que últimamente no me encuentro demasiado bien, la verdad. Tampoco es que tenga una depresión bestial ni nada de eso. Sencillamente estoy algo triste. Triste normal, triste de andar por casa. En plan no me cojo el teléfono ni a mí mismo y a ratos me río y bebo y todo eso.
Vale que todo anda francamente. Vale que una chica me ha dicho que le parezco un tipo majo. Vale que el otro día estuvo bien... y el otro y el otro... pero eso, que no me encuentro. La chica morena me dice que no me tome las cosas demasiado en serio, le respondo que tal vez sea demasiado tarde para caminar de puntillas. Cierto, a veces adopto el papel de un hipocondríaco moderado para animar ciertas reuniones sociales en las que ya me estaba quedando sin argumentos, sin chistes por hacer, y sin ganas de pedirle a la chica de turno el teléfono al que nunca llamaré. Pero no es el caso.
Para que os hagais una idea he llegado a comprar el periódico en Salamanca y terminar leyéndolo en León. Todo ello motivado por unas decisiones precipitadas, planes confusos y llamadas al límite. Motivado, fundamentalmente, por una resaca melancólica que hizo que me fumase mis días libres en busca de darle un abrazo a un amigo verdadero.
Así que ultimamente he decidido aparentar ser un tipo normal: madrugar, fingir que me intereso por cosas pueriles, llevar unos horarios convencionales, escuchar a mi conciencia. El resultado es que he comprobado que en general, las personas tienden a no tomarte demasiado en serio a medida que uno intenta todo lo contrario.
Basta que hables de verdad con la gente, o que rías a carcajadas cuando el chiste ha sido tan oportuno como acertado. Basta que camines, taciturno y herido, cuando tus huesos no encuentran sus propias articulaciones. Basta que mandes un whatsapp a esa chica simplemente porque quieres seguir teniendo contacto con ella, o que no confundas la miseria con los miserables. Basta, efectivamente, que te comportes realmente como debes a tenor de las realidades del día a día, para que la gente crea que no vas en serio.
Si antes fingía y ahora no, cómo es posible que nadie note la diferencia?
Puede que antes tampoco estuviera fingiendo y que mi conciencia no la haya inventado hace poco. Puede que siempre estuviera ahí mismo, agazapada debajo de la almohada dirigiéndome en secreto desde algún sótano mal iluminado y aunque yo no la quiera y trate de arrojarla por la borda, me veo obligado a aceptarla como amiga de por vida.. .Puede que ahora siga haciendo lo mismo que antes, aunque algunas cosas parezcan nuevas.
Puede que lo único que haya sucedido es que me he dado cuenta de que a estas alturas, difícilmente puedo cambiar.
Puede, me digo, que sencillamente me haya convertido en un pobre gilipollas incapaz de entender lo que sucede a su alrededor. Incapaz de aceptar los sucios atajos sociales que nos lleven a ese sitio maravilloso donde alguien nos espera, seguramente, porque sí cogió ese atajo antes que tú.
Luego llego a casa, publico algo como esto y soy yo el que agota la bateria.
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