20 de marzo de 2012

100 AÑOS DE SOLEDAD

Hace años que tengo ese libro firmado por Garcia Marquez. Recuerdo que antes de leerlo en la adolescencia ya me parecía que debía de ser un libro cojonudo simplemente porque el título me parecía genial. Ahora ya lo he leído y puedo decir con conocimiento de causa que es un libro de la leche. Una puta obra maestra.
Y es que muchas veces cuando el título es bueno ya no hace falta leerse lo demás. El contenido por huevos tiene que estar a la altura. Por eso de vez en cuando saco a pasear algunos libros por la calle (Primavera con una esquina rota, El olvido que seremos, Música para camaleones...) y los abro en alguna terraza para que la gente pueda ver el título y sepan que estoy leyendo (o haciendo como que leo) un libro de la hostia. La de tiempo que pierdo practicando soberanas gilipolleces. Ahí lo dejo.
Leemos libros para saber si nos molan, si son buenos, si nos gustan. Con 100 años de soledad no hace falta, es bueno y punto. Y te ahorras el resto. No tiene nada que ver con el autor, del que por cierto todo el mundo habla y conoce como si los fuese a poner un piso.
Con las personas me sucede algo parecido. El título importa. Me acerco a ellas para saber si merece la pena conocerlas, para saber si están a la altura. Como el tipo del otro día cuyo titulo era “organizo un rally solidario por África y busco patrocinadores”. Después de eso pues como que apetece conocerlo, claro. O la otra, la que se titulaba “amo los defectos de mi marido” y su amiga era el volumen 2 de “hoy no están los raros de tus amigos”. Libros malos, me dije. Con ese título, ya no me apetece leeros. Está todo dicho
Nos arriesgamos a conocer a la gente, digo, para luego juzgarla y poder decir si merece la pena conocerla. Gente con título bonito, eso es lo que necesito.
Ves una serie o una peli que te han recomendado solamente para saber si es buena. Luego la valoras en base a lo bien que nos la hayan valorado nuestros amigos. Si te gusta un seis y a tu amigo un nueve, tú le dirás que un cinco pelao que no es para tanto cacho cabrón.
Con las personas casi lo mismo pero al revés. Da la impresión de que la gente que nos presentan tiene carta blanca dependiendo del titular que nos haya dado nuestro amigo común. Los defectos se ven disimulados y mitigados por el barniz generoso de la amistad y de las anécdotas vividas. Los amigos de mis amigos ganan dos puntos. Igual que las chicas con pelo corto y gafas.
Si he conocido en mi vida a cien personas, desde hace tiempo todas me parecen ya conocidas. Me presentas a Pablo y creo que es igualito que el número 63 de mi lista. La morenita de la otra noche pues es más bien el 17. Y así con toda la gente nueva. Sé que puede resultar triste, es verdad, pero me sale natural.
Muy de vez en cuando aparece alguien diferente, con un buen titular a sus espaldas y demasiado tiempo libre. Entonces puede que esa persona pase a ser la 101. Algo nuevo que sí que merece la pena conocer.
Amo el olor a pedantería por las mañanas...

6 de marzo de 2012

SANANDO HERIDAS

Diferente, creo que esa sería una buena definición. Me siento diferente. Pero no en el sentido de especial o extraordinario. Ni raro ni extravagante ni nada de eso. De hecho soy una persona medianamente integrada en la sociedad. Que desde hace un tiempo vive en Salamanca y hace exactamente lo mismo que todo el mundo. Arriba a las 7 para ir a currar, 7 horas al día, 5 días a la semana, en un curro que me la pela, pero que me da de comer y me paga los vicios. Unos vicios que no se salen de lo normal: alcohol, tabaco, viajes, libros y alguna que otra droga esporádica más. La vida normal y corriente. Generalmente bastante aburrida con algunos momentos más o menos logrados pero muy dispersos y cada vez más esporádicos. Pero a veces me siento alejado de la normalidad
Hoy por ejemplo me he cruzado otra vez con el tipo que nunca seré por la calle Toro, en dirección opuesta. Ni siquiera me tomé la molestia de poner algo de mi parte para reconocerle y se me despistó para siempre a la vuelta de la primera esquina.
Él siempre vivió en la cálida comodidad del hogar. Yo superada la expectación inicial de la primera ciudad que habité intenté probarlo todo.
Apuesto a que estudiaba 4 horas todas las noches y algún día se acabará dando cuenta de las que no estrenó. Mientras mis noches ser reunían en bares y me insinuaban aventuras en cada esquina y siempre me quedó algo pendiente para septiembre(no siempre asignaturas, que soy de la teoria que los peores exámenes se pasan fuera de las aulas).
Estoy seguro de que nunca le han ardido los labios de haber estado sumergidos entre las piernas de alguna dama ni ha sentido la tristeza absurda de no haber planeado despedidas.
Los suyos le querían y a mi me robaban el tiempo de vivir.
Tendrá resacas sin haberse emborrachado y yo seguiré preguntándole a los vasos de donde vengo y a donde voy.
Él es un hombre de provecho. Pero yo…. Yo al final del verano me voy a la India!!