24 de septiembre de 2012
PANTOMIMAS, IMITACIONES Y RECREACIONES
Kathmandú es un lugar estupendo lleno de gente más estupenda aún. Siempre la veré como una ciudad enjaulada tras el cristal de una azotea esperando a que alguien se decida a cortejarla. Sin duda es una ciudad a la que seguir amando de lejos. Una ciudad para abandonarla corriendo y llegar al avión por los pelos. Aquí, casi parece que uno no tiene pasado.
En unos días cojo un avión para regresar. Ojala algún día lo coja para salir, escapar o buscar.
Porque a mi generalmente, los aviones nunca me llevan a ningún sitio, siempre me regresan.
El caso es que te ves en un bar a 8000 kilómetros y 4 décadas de distancia y es de noche y hay concierto y cantas las canciones como si nadie las hubiera cantado antes. Lo haces, incluso, como si supieras algo más que el estribillo. Entonces ya no importa una mierda el frío doloroso de las calles, ni la maldita pobreza. Tienes el alma caliente y unos brebajes llamados Everest y Ghurka corriendo por las arterias. Lo que suena no son los Beatles si no una imitación. Todo es un sucedáneo preparado para que gente como yo, que siempre ha llegado tarde a todo, pueda por una noche sentir algo parecido a lo que cuentan nuestros abuelos.
Observas desde una mesa apartada como cuatro tipos con cara de buenos chicos dan un recital impecable, profesional, inapelable. Cuatro tipos con los rostros más parecidos a los auténticos que te puedas imaginar. Cuatro tipos que en algún momento de sus vidas decidieron consagrar su talento a la glorificación de otros cuatro. Otros cuatro que ganaron más, bebieron más y follaron más que ellos. Cuatro tipos, en definitiva, que no llegaron tarde y cuyas caras no las olvidará nadie.
Pero como yo soy muy partidario de los perdedores, de los secundarios, de los que casi lo consiguieron, me declaro totalmente fan de Gibson y Neale y los Beatles me siguen sin acabar de gustar. Y es que a pesar de que las cosas no siempre son al menos intentemos que parezcan, que ya construiremos luego el recuerdo a nuestro antojo.
Unos días más tarde, ya en Salamanca me pregunto si perder ese avión no hubiera sido una buena idea...
20 de septiembre de 2012
EL ULTIMO VERANO
El avión aterriza sin estrellarse y las maletas vuelven finalmente a mi mano. Llego a casa y abro las ventanas cerradas desde hace tiempo. En el apartamento una fila de pelopelusas orgullosas me da la bienvenida. Me advierten de que todavía no las he vencido y de que la guerra no ha terminado. Hago una par de llamadas y anuncio que ya he vuelto y que el juego continúa. Las próximas charlas serán variantes de frases como: “qué guay!”, “que bien te lo montas”. que suerte!”. Y vendrán mayoritariamentede los que no suelen viajar, de los que se quedan en la comodidad de sus hogares (casi siempre, y en contra de lo que les gusta creer, porque así lo desean). Vivir como a uno de la da la gana es una cuestión de elecciones, ya sea con viajes o sin ellos. Cada uno gestiona sus recursos como mejor quiere o puede y el resto poco importa. Sin embargo, siento que esas personas que envidian mi suerte (o creen que lo hacen) nada saben de los problemas que arrostra el que viaja. Ellos jamás piensan en las jornadas de más de veinticuatro horas y en el agotamiento que provocan, ni en el mareo inevitable de los autobuses que rebotan sobre carreteras irregulares, ni en los niños hermosos como sólo pueden ser los hindues que te piden una limosna, ni en las jornadas extenuantes en las que uno camina sin rumbo en ciudades enormes y extrañas a casi cuarenta grados ni en noches en oscuros trenes abarrotados sudando como nunca pensé que fuera capaz de hacerlo. Nadie envidia eso. A todo el mundo le gustan, eso sí, las fotos, las anécdotas y la experiencia exótica de haberse alejado un poco de casa.
Y sin embargo, a pesar de todo, vuelvo a salir de viaje una y otra vez. Hay varios motivos para ello. Pienso que en esos momentos en los que estoy lejos estoy donde debería estar, como si escapara de algún destino inexorable que me acecha cuando estoy cómodamente en mi ciudad. Siento que los días no pasan en balde y que los esfuerzos no son en vano. Y además tengo la impresión de hacerlo más o menos bien, cuando es hecho probado que en mi vida ordinaria tiendo a ser vago y caótico.
Ahora voy a tomar café con estos, a buscar juntos un plano del futuro sobre el que hablar toda la tarde. El mapa del tesoro donde una equis señala siempre el mañana. Miro a la maleta que permanece en el suelo sin deshacer. No lo hago porque hacerlo es dar por finalizado el viaje. Vaciarla de contenido y poner la ropa nuevamente en circulación, significa olvidar. Por eso aún la contemplo en el suelo sin abrir, para mantener ese gusto todavía en la boca.
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