13 de mayo de 2013

A DIOS PONGO POR TESTIGO.

Entro en el garito, llevo un pedo moderado y todo lo que veo me aburre. En cuanto observo lo que hay allí, siento inmediatamente la necesidad de alcanzar la paz interior que da la tercera copa y salir por la puerta sin despedirme. Sitios así me dan la oportunidad de odiar a la gente. Hay que ver lo fácil que me lo ponen a veces. Y no es que sea un sentimiento atroz, al contrario, es liberador. Y es que no me gusta estar aquí. Preferiría que la noche se hubiera desarrollado de otra manera. Como anoche por ejemplo: Tere y Marian, Juanjo y yo. Los cuatro bebiendo, riendo y charlando y luego irnos a un antro de los de siempre. Bares sin el monte Everest hecho carne cuidando de la puerta. A veces pienso que me gustaría construirme una residencia cartuja e irme con cuatro amigos, 4 botas de cerveza belga y una azada a disfrutar de la vida monacal. Pensaba que el Revolutum era la cuna del postureo, el snobismo y de todas las conversaciones convencionales del universo, pero no. Todavía hay sitios peores, como la Dama, donde esta prohibido ser un infeliz. Sitios con monguers cachitas, de los que van al gimnasio un par de veces por semana, chicas con cortes de pelo estúpidos y gente deseando ser vista. El asesinato debería ser legal al menos un par de horas por noche de finde salmantino. No encajo. No lo soporto. No los soporto. No me soporto. Estos tugurios circo, repletos de gente cuya única intención es ser mas guay que el de al lado, me quitan la energía, francamente. Agarro mi copa y pululo un poco observando el asunto por si encuentro a alguien sobre la que lanzarme cual kamikaze sobre portaviones americano. Pero en lugares así solo el 10% de los tíos están capacitados para ligar, el resto somos carne de dejarnos el sueldo en fantas, victimas de nuestra idiosincrasia. Condenados a vagar como los zombies de the Walking Dead. Mientras voy de aquí para allá, uno de los de seguridad (este va cinco veces mínimo al gimnasio) me sigue con la mirada. Se nota a leguas que yo no debería estar aquí. Algún error en el corte de entrada. Un virus informático. Me cuesta respirar en ese sitio y quiero salir fuera a fumar. Decido pirarme a la charca. Entro y le pido una copa a la camarera musculosa. Escucho la música. Una tras otra, todas las canciones escritas por retrasados mentales tienen esta noche cabida en el ordenador del Dj, un tío por lo general majo, capaz de dar ese toque tan necesario a la fiesta. Pero hoy no tiene el día, ni siquiera me acerco a saludarle, le veo desde el otro lado de la barra mirar continuamente la mesa de mezclas y la pantalla del ordenador. Imagino que para aislarse y no ver la basura que tiene alrededor. Me resulta triste que un tío con su cultura acabe poniendo la de la mayonesa. Parece que ninguno de los dos tenemos el día. Pero no me entretengo demasiado pensando en el pincha, de toda la morralla que puebla un bar, los tíos son la parte que menos me interesa. Las mujeres son más complejas, contradictorias y un auténtico dolor de cabeza, pero esa es exactamente la razón por la que un puzzle es más divertido. Le planteo a Juan lo bien que estaría coger el hielo de la copa y tirarlo al suelo delante de alguna al grito de "rompemos el hielo?". Me pregunta si el hielo sería el de mi cubata o del de la chica rubia. Ambas opciones son interesantes, la primera indica que eres un acosador que carece totalmente de escrúpulos y que te la suda la higiene para hacer lo que te da la gana. La otra dice que eres un perturbado absolutamente random que emprende acciones sin sentido sólo para ver en qué desembocan. Me gusta más la segunda. Pero las estrategias están bien cuando eres un equipo de fútbol. Y aún así siempre aparecen imprevistos: el árbitro, el césped mal regado, las expulsiones, las lesiones, la lluvia o el cansancio, que al final hacen que la estrategia no valga un pimiento, y hay que improvisar para ganar el partido. Y hoy no tengo ganas de improvisar, aunque a veces improvisar es lo mejor. Tampoco me apetece demasiado recibir una hostia bien autoritaria que me haga entrar en razón, recoger los dientes e irme tranquilamente a reflexionar sobre mi conducta de retard. De hecho ni siquiera me apetece prolongar esta noche. Seguir conversando y bebiendo en esta vehemencia alcohólica y charlatana carece de sentido si no están estos. Así que a pesar de que me lo estaba pasando medianamente bien, bien a mi manera. Me despido a la francesa, sin despedirme ni decir nada a nadie. Esas idioteces que suelo hacer y no me pregunteis porqué. Me veo caminando por las calles con un cigarro en la boca y me encanta la sensación. Pienso en casa, en el ordenador, en su teclado con sus letras bien dispuestas y ordenadas y siento la necesidad de correr hacia él y escribir lo que tengo en la cabeza, algo sobre reconstruir noches uniendo gilipollas. Quiero rentabilizar la frustración de la noche como sea. De todas formas estoy bastante tranquilo, porque se que me esperan toneladas de pornografía en cantidades industriales en la red, para endulzar el amargor. Por su culpa, la de un libro y la falta de sueño, al llegar a casa lo olvido todo. Y de esa forma tan tonta toda mi rabia y desesperación, todas esas grandes frases que bullían en mi cabeza desaparecieron para siempre. Quedaron en esa noche absurda en la que pensé que mi mierda de punto de vista podría significar algo. Dos días después escribo esto y me sabe a nada. A conceptos caducados, tontos y repetitivos. Sin ninguna furia. Aburridos. Muertos.

2 comentarios:

  1. Interesante estrategia la del hielo. Por la noche, con la música a todo volumen, coger y meter los dedos en el vaso (tuyo o de ella), sacar un hielo y tirarlo al suelo gritando "romper el hielo" no parece una técnica muy convencional. Si lo intentas y funciona, yo quiero saberlo.

    L.

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    1. Tenía otra técnica que nunca fallaba: elegía a una chica y le aplicaba un pañuelo empapado en cloroformo. Cuando se despertaban al día siguiente, sufrían graves dolores vaginales. Ahora como me conocen, muchas se tiran al suelo y se hacen las desmayadas, así no me toca hacer el paripé de tener que llevármelas subidas al hombro mientras su novio y/o amigos intentam disuadirme en vano tirándome vasos o sillas.

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