13 de enero de 2013

MI PROPIO 11-S

No deja de resultarme curiosa la rapidez y facilidad con que a veces se rompe lo nuevo. Uno intenta con cada nueva historia que tiene entre manos no tropezar en la misma piedra y con el mismo pie, trata de enmascarar los errores del pasado, hacerlo mejor. Y no hay manera. La abrazo pensando en lo bonito de que sea de noche y haga frío y estemos juntos. Al fin y al cabo dicen que Enero es época de rebajas, eso explicaría su tolerancia y mi presencia en su casa. De repente ella clava su mirada en mis ojos parece pensativa, así que la pregunto qué pasa por esa cabecita, y sin anestesia me suelta: “qué pasaría si al final no acabas queriéndome como yo me imaginaba.?Y qué pasa si al final no me quieres ni un poco. Y resulta que no me quieres ni demasiado poco, ni demasiado nada. Y si al final no sucede demasiado nada y todo resulta insuficiente”. Me extraña que se plantee estas cosas, de las que nunca habíamos hablado y que yo contaba con dejar de lado, así que la única respuesta que se me ocurre es ser sincero y lanzar un discurso acerca de que no pasa nada, que es mejor dejar fluir las cosas sin intentar atraparlas, ni reducirlas a nombres, ni arquetipizarlas y que me la pela que esto que tenemos entre manos siga indefinidamente acatarrado. Me descabalga y se hace una pelotita. Yo no encuentro las palabras exactas que puedan deshacer el nudo que se ha creado. Permanezco demasiado callado ante sus dudas, demasiado inexacto frente a su espalda. Luego viene la sensación de haberme equivocado, de no saber leer entre lineas y quedarme como siempre embobado con los dibujitos. Y es que estar con alguien nuevo se parece a veces a jugar al buscaminas, todo consiste en ir marcando un territorio plagado de bombas, y siempre al final, alguna acaba explotando y causando daños en un mobiliario emocional recién adquirido. Se gira y veo su rostro crispado, me repite una y otra vez que no lo entiendo, que no entiendo nada, que no la entiendo. Que no tengo ni puta idea. Y yo pienso, que no lo entiendo, que si la entiendo y que en el fondo no pasa nada porque no la gusto demasiado, porque no está enamorada, no llegué a hipnotizarla y ni siquiera sé si algún día hubiese logrado hacerlo, así que igual no conviene seguir con la función y es mejor devolvernos el precio de la entrada. Tal vez debimos conformarnos con que no salten chispas ni haya mariposas, ni fuegos artificiales que iluminen el cielo de Salamanca. Al final seguimos hablando, repartimos las cosas y me toca quedarme conmigo mismo. Y eso es algo que no la perdonaré jamás. Volveré a ser yo, fingiré no haberla conocido, de hecho eso será ahora en mi vida, unos saludos de compromiso, unas miradas aburridas. Lo mismo que yo para ella. Luego me visto, cojo la puerta y salgo a la calle. Necesitado de aire, de distancia. Camino por la calle Zamora y la recuerdo hecha bola, con el caparazón de la rabia y la molestia. La recuerdo en la cama arqueando la espalda. arqueando y preguntando. Como si las palabras fueran a decirnos algo que no nos hemos dicho. Palabras que arrojamos como pelotitas de lana para que el otro las recoja y nos las traiga agitando la colita o las deshaga a base de golpecitos. Huyo de la sensación de molestar, de la impresión de no saber estar a su altura, de la inseguridad de haber metido la pata hasta el fondo, de sentir que tomaba posesión de cada centímetro de su piel sintiéndome un invasor, de no haber sabido explicarme, ni acariciar, ni sentir, ni sincronizarnos, ni follar, ni tan siquiera acertar con ese mensaje que jamás desee borrar de su móvil. Fumo, toso. En unas horas trabajo. Camino y son casi las siete y media de la mañana. Creo que empieza a amanecer.

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