2 de enero de 2013

ESPINITAS

Si fuera al casino a la mesa de Black Jack a jugarme cuanto tengo a una carta, sería a la carta a los reyes magos, y con mi suerte lo perdería todo. Saldría la de Papá Noel... Estoy esperando a alguien a la salida de un bar rodeado de mis amigos, de repente un chica que pasa se gira y viene sonriendo hacia mi. Tardo un montón de tiempo en ubicarla: la guapa del instituto, el pivón, la diosa dorada con aires de grandeza que una noche de hace mil años pisoteó mi ego con más crueldad del necesario. Tengo la sensación de que ella es una asignatura que tengo pendiente, y esta noche pienso aprobarla. Esta noche es la convocatoria de gracia. Lo más probable es que ella no se acuerde de aquella lejana noche en la que se entretuvo haciendo malabares con mis ilusiones, al fin y al cabo recibía más ataques al cabo de la semana que un convoy americano en Irak, pero para gustos las perversiones y tan sólo tengo en mente la imagen de mi rostro adolescente volviendo a casa con una ridícula expresión en la cara y masticando su rechazo.Esa maldita sensación triste que da un rechazo cruel cuando eres un adolescente. Alaba mi aspecto (a base de decirme que “no he cambiado nada” logra hacerme sentir como el retrato de Dorian Gray) y yo lamento no poder decir lo mismo de ella. Hace unos años rompía cuellos cuando caminaba por la calle, hoy no creo ni siquiera que los camioneros frenaran un poquito. Ella ha empeorado con los años, yo simplemente me he envilecido. Pongo la cara en modo automático y divido la mente en 3 compartimentos: el que escucha su absurda perorata sobre el paso del tiempo, el que se pregunta que coño hace ahí y el que critica toda la performance. lo que temo es que el humo de mi cigarrillo acabe formando una nube encima de mi y dentro ella pueda leer mis pensamientos, como en los comics. Al final encuentro la oportunidad que me buscaba: me pide el teléfono con la excusa de quedar a tomar un café y ponernos al día de nuestras respectivas vidas. El Mr Scrooge que llevo dentro no va a perder la oportunidad de ser petulante y humillarla haciendo que se sienta ignorante y excluida de mi vida ajustando de paso las cuentas del pasado. Todos tenemos en alguna esquina del pasado algún rechazo que nos dolió más de la cuenta. Así que ahora me siento como el puto conde de Montecristo a punto de llevar a cabo su venganza: "Verás, paso de darte el teléfono porque creo que no tiene demasiado sentido, ya que no te encuentro atractiva para nada y tu conversación es tan aburrida y monotemática que llevo todo el rato componiendo canciones mentales mientras hablas y mirando alrededor a ver si aparece otra persona". El tiempo que su cara tarda en pasar de la sorpresa a la incredulidad es el mismo que necesitan los niños desde que se caen hasta que rompen a llorar. “eres gilipollas” me suelta. "Sabes eso de las chicas que están más guapas cuando se enfadan?, no es tu caso". Replico. Con el medidor de ego disparado aparece una chica de Villamañán que tiene más planos en 3 minutos que una pelicula iraní en 2 horas y todo mejora mucho excepto la sensación de que mi madre me observa por el ojo de una cerradura cuando estoy en León. Regreso a Salamanca y a falta de pared, de espada y de antifaz donde pintar una gran Z y observarla con los brazos en jarras y la espalda arqueada, lo hago aquí...

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