Sentado en el andén de una estación con nombre de destino. Bandolera en ristre y maleta a mis pies. Pies doloridos de tanta zancadilla al andar y al fondo una luz que ilumina un borracho dormido al frente de su vida y a su lado un brick de vino. Mi imaginación empieza a funcionar por libre y se me difuminan los sonidos del entorno. Eso me lleva a pensar en Noelia y en que a veces me dice que no la escucho, pero no lo puedo controlar, es superior a mi. Pienso en el borracho como un personaje de un cuento que ha olvidado el camino a casa y ahora intenta contra su voluntad encontrar el regreso al país de nunca jamás en el fondo de una copa.
He visto a muchos como él. Pasan como un suspiro se les puede ver siempre al final de una borrachera o al principio de una resaca, con el aliento del que sabe que nadie le espera. Me doy cuenta de en el fondo ese tipo y yo tenemos algo en común y quiero hacerle una señal sutil, algo que le haga comprender que debe frenar y coger fuerte el volante de su vida. Pero su fugaz mirada no admite advertencias ni consejos. Lo más probable es que no necesite los consejos de alguien que le da miedo conducir por las aceras asfaltadas del destino, alguien que no sabe como agarrar su propia vida. De hecho ni él ni nadie repara en mi.
Me marcho. Voy con mi maleta y mi bandolera, casi no sé hacia donde, no hay flechas que señalen el camino a seguir. Pero poco importa, tampoco a mi me espera nadie. Seguiré caminando con zancadillas en cada paso, sobre esta círcularidad de vida, haciendo señales que nadie escucha a todos los raros, los vagabundos, a todos los borrachos que se crucen conmigo de aquí al final del destino.
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