20 de septiembre de 2012

EL ULTIMO VERANO

El avión aterriza sin estrellarse y las maletas vuelven finalmente a mi mano. Llego a casa y abro las ventanas cerradas desde hace tiempo. En el apartamento una fila de pelopelusas orgullosas me da la bienvenida. Me advierten de que todavía no las he vencido y de que la guerra no ha terminado. Hago una par de llamadas y anuncio que ya he vuelto y que el juego continúa. Las próximas charlas serán variantes de frases como: “qué guay!”, “que bien te lo montas”. que suerte!”. Y vendrán mayoritariamentede los que no suelen viajar, de los que se quedan en la comodidad de sus hogares (casi siempre, y en contra de lo que les gusta creer, porque así lo desean). Vivir como a uno de la da la gana es una cuestión de elecciones, ya sea con viajes o sin ellos. Cada uno gestiona sus recursos como mejor quiere o puede y el resto poco importa. Sin embargo, siento que esas personas que envidian mi suerte (o creen que lo hacen) nada saben de los problemas que arrostra el que viaja. Ellos jamás piensan en las jornadas de más de veinticuatro horas y en el agotamiento que provocan, ni en el mareo inevitable de los autobuses que rebotan sobre carreteras irregulares, ni en los niños hermosos como sólo pueden ser los hindues que te piden una limosna, ni en las jornadas extenuantes en las que uno camina sin rumbo en ciudades enormes y extrañas a casi cuarenta grados ni en noches en oscuros trenes abarrotados sudando como nunca pensé que fuera capaz de hacerlo. Nadie envidia eso. A todo el mundo le gustan, eso sí, las fotos, las anécdotas y la experiencia exótica de haberse alejado un poco de casa. Y sin embargo, a pesar de todo, vuelvo a salir de viaje una y otra vez. Hay varios motivos para ello. Pienso que en esos momentos en los que estoy lejos estoy donde debería estar, como si escapara de algún destino inexorable que me acecha cuando estoy cómodamente en mi ciudad. Siento que los días no pasan en balde y que los esfuerzos no son en vano. Y además tengo la impresión de hacerlo más o menos bien, cuando es hecho probado que en mi vida ordinaria tiendo a ser vago y caótico. Ahora voy a tomar café con estos, a buscar juntos un plano del futuro sobre el que hablar toda la tarde. El mapa del tesoro donde una equis señala siempre el mañana. Miro a la maleta que permanece en el suelo sin deshacer. No lo hago porque hacerlo es dar por finalizado el viaje. Vaciarla de contenido y poner la ropa nuevamente en circulación, significa olvidar. Por eso aún la contemplo en el suelo sin abrir, para mantener ese gusto todavía en la boca.

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