24 de agosto de 2012

ACUMULANDO HUIDAS

Agosto, Madrid. Una ambulancia pasa a mi lado atravesándome con su sirena y sus luces parpadeantes. Gracias a eso despierto de mi letargo, descubriendo que estoy parado en medio de una acera justo frente al escaparate de una tienda de objetos de diseño de los 80 de Malasaña. En una mano sostengo una bolsa con antidiarreicos y en la otra un cigarrillo terminal me calienta los dedos. No sabría decir exactamente el tiempo que llevo ahí detenido. Me pregunto en qué momento dejé de saber la diferencia entre avanzar y quedarse quieto.
Me da la impresión de que la gente a mi alrededor camina. Todos parecen tener que ir a algún sitio. Coloco un pie delante y luego el otro, doy un paso, otro paso. Ya estoy caminando de nuevo, pero no distingo bien en que se diferencia esto de lo anterior. Puede que siga detenido en medio de la acera y el movimiento sea simplemente una percepción subjetiva, otro engaño de mis sentidos. Sin embargo me parece que camino con la misma solvencia y soltura que los demás. Así que actuo como siempre y hago como que sigo la corriente.
Somos pocos las personas blancas que nos cruzamos en Malasaña. Árabes de andares felinos y mirada pausada, japoneses mirando mapas. Hay un turista en cada esquina de esta ciudad. Resulta difícil oír hablar en un español neutro que no sea este rítmico acento de colores sudamericanos. Los madrileños parecen haber huido del verano en la gran ciudad hacia las playas. Mi único pensamiento es que la hamburguesa de esta noche en el aeropuerto va a ser la última cosa que me coma que haya tenido padre y madre en el próximo mes porque en menos de 5 horas yo también partiré hacia esa India y ese Nepal donde tengo la sensación que caben todos los veranos, a tomarme esas vacaciones de mi que tanto necesito. Si, realmente necesito salir, varios meses encerrado en este país han sido demasiados. Necesito que las conversaciones sobre la crisis se conviertan en algo anecdótico, y que la rutina pase a ser algo lejano. Y lo necesito ya. Estaba al límite del KO, un pelín antes de que mi entrenador arrojase la toalla. Supongo que me hago mayor porque no hace tanto tiempo que lo único necesario para ir tirando era un paquete de Marlboro, un amigo a mi lado y algún buen monumento de mirada dulce que admirar al final de la barra.
También pienso que este éxodo de gente hacia la costa no puede pasar en la vieja, rica y civilizada Europa. Porqué, como todo el mundo sabe, la playa se encuentra bajo los adoquines de París...

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