Hace años que tengo ese libro firmado por Garcia Marquez. Recuerdo que antes de leerlo en la adolescencia ya me parecía que debía de ser un libro cojonudo simplemente porque el título me parecía genial. Ahora ya lo he leído y puedo decir con conocimiento de causa que es un libro de la leche. Una puta obra maestra.
Y es que muchas veces cuando el título es bueno ya no hace falta leerse lo demás. El contenido por huevos tiene que estar a la altura. Por eso de vez en cuando saco a pasear algunos libros por la calle (Primavera con una esquina rota, El olvido que seremos, Música para camaleones...) y los abro en alguna terraza para que la gente pueda ver el título y sepan que estoy leyendo (o haciendo como que leo) un libro de la hostia. La de tiempo que pierdo practicando soberanas gilipolleces. Ahí lo dejo.
Leemos libros para saber si nos molan, si son buenos, si nos gustan. Con 100 años de soledad no hace falta, es bueno y punto. Y te ahorras el resto. No tiene nada que ver con el autor, del que por cierto todo el mundo habla y conoce como si los fuese a poner un piso.
Con las personas me sucede algo parecido. El título importa. Me acerco a ellas para saber si merece la pena conocerlas, para saber si están a la altura. Como el tipo del otro día cuyo titulo era “organizo un rally solidario por África y busco patrocinadores”. Después de eso pues como que apetece conocerlo, claro. O la otra, la que se titulaba “amo los defectos de mi marido” y su amiga era el volumen 2 de “hoy no están los raros de tus amigos”. Libros malos, me dije. Con ese título, ya no me apetece leeros. Está todo dicho
Nos arriesgamos a conocer a la gente, digo, para luego juzgarla y poder decir si merece la pena conocerla. Gente con título bonito, eso es lo que necesito.
Ves una serie o una peli que te han recomendado solamente para saber si es buena. Luego la valoras en base a lo bien que nos la hayan valorado nuestros amigos. Si te gusta un seis y a tu amigo un nueve, tú le dirás que un cinco pelao que no es para tanto cacho cabrón.
Con las personas casi lo mismo pero al revés. Da la impresión de que la gente que nos presentan tiene carta blanca dependiendo del titular que nos haya dado nuestro amigo común. Los defectos se ven disimulados y mitigados por el barniz generoso de la amistad y de las anécdotas vividas. Los amigos de mis amigos ganan dos puntos. Igual que las chicas con pelo corto y gafas.
Si he conocido en mi vida a cien personas, desde hace tiempo todas me parecen ya conocidas. Me presentas a Pablo y creo que es igualito que el número 63 de mi lista. La morenita de la otra noche pues es más bien el 17. Y así con toda la gente nueva. Sé que puede resultar triste, es verdad, pero me sale natural.
Muy de vez en cuando aparece alguien diferente, con un buen titular a sus espaldas y demasiado tiempo libre. Entonces puede que esa persona pase a ser la 101. Algo nuevo que sí que merece la pena conocer.
Amo el olor a pedantería por las mañanas...
¿ Qué título llevas tú?
ResponderEliminarLos renglones torcidos de Dios o Pinta y colorea, no lo tengo del todo claro...
ResponderEliminarYo creo que tiras más a Pinta y colorea. Era sólo curiosidad por ver que título te ponías ;-).
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