7 de diciembre de 2012

DE LUTO Y DE IZQUIERDAS


El teléfono tenía connotaciones trágicas esa mañana. Lo cojo y la voz de Paqui me dice que se ha muerto Emilia. Si fuera un piso en ese instante me podrían alquilar, se me queda la misma cara que los niños cuando los dejan el primer día de colegio y rapidamente empiezan a lincharme pensamientos tristes. Pienso en ella, con sus cincuenta largamente cumplidos, una amante del caos, de la noche, del tabaco, demasiado personaje de Dostoievsky cómo para esperar pacientemente la muerte. Su último corte de mangas al mundo, hacer mutis por el foro en la cama y de repente como modus operandi, Emilia siempre hizo lo que le dió la real gana, y eso era algo que muchos no lo entendían ni la perdonaban. Hace apenas unas semanas que jugábamos a tocarnos las miradas, a desnucar la tarde contra la dura noche, a poblar las barras de los bares de complicidad y recuerdos, a hacer planes absurdos, a mitificar el concierto de Paco Ibañez al que fuimos, a burlarnos de esos conocidos en común que estaban atrapados en el mecanismo de una vida que ninguno habría elegido. No nos importaba el “que dirán” porque sospechábamos que lo que decían era “envidia”. Me lo comería a solas, pero mi almohada ha decidido que ya no me consuela más, que se niega hablar sin testigos y que pasa de ser la centinela de mis desdichas. Así que me dejo zancadillear por el dolor y tomo de nuevo este teclado sufrido y desgastado, este ordenador obrero y herido para desgranar sentimientos inundados de nuevas tristezas, para caminar inseguro por el campo minado de las nostalgias. He decidido que este finde voy a salir, a tomarme ese gordon´s (o bombay saphire) con coca cola que siempre tomaba ella y rescatar la cáscara del buen rollo que un día enterramos en el camino a casa. A salir hasta quedarme sin aliento y sin lágrimas, aunque llueva y haga frio. Ultimamente siempre llueve cuando escribo.

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